13 Dic 2015

El estrés en tiempos de hiperconectividad.

 El estrés en tiempos de hiperconectividad.

Por Lucas Vazquez Topssian

Lic, en Psicología –

Recibo en mi consultorio a una paciente derivada por un gastroenterólogo. La mujer, de unos 60 años, padecía acidez estomacal y episodios de diarrea que alternaban con otros de constipación. Fue evaluada por diversos profesionales de la medicina, que al no poder hallar ninguna anomalía orgánica que justificara el cuadro, consideraron la hipótesis de que se trataba un caso de «estrés».

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En las entrevistas iniciales, nada en el relato de la paciente parecía indicar cuál era la causa este estrés: tenía un trabajo autogestionado a su gusto, hijos adultos y exitosos, un buen pasar económico, una casa grande en un barrio tranquilo y un novio descrito por ella como protector, atento y caballero. Tenía una vida que podríamos catalogar como privilegiada.

En el discurrir de un paciente, es cuestión de tiempo hasta que un detalle aparezca, que al profesional le dé una pista de por qué las cosas no marchan como deberían. En este caso, fue que la paciente se olvidó de silenciar su celular durante una sesión. Ella, distraída en su relato, no escuchaba la cantidad de sonidos de notificación que emanaban del interior de su cartera. Cuando le hago notar esto, la paciente se abalanzó sobre el celular para responder los múltiples mensajes que le habían enviado. Las amigas por Facebook. La familia por un grupo de Whatsapp. Los mensajes de texto de sus clientas. Las notificaciones de su perfil de Twitter. Le pregunto si esto siempre era así, y me dice que si: ella no podía permitirse el derecho a no estar disponible.

Conforme avanza la tecnología, este pequeño aparato que nos acompaña a todas partes toma cada más relevancia en nuestras vidas. La telefonía móvil incorporó funciones que hasta no hace mucho tiempo parecían futuristas, como juegos, reproducción de música en diversos formatos, correo electrónico, SMS, agenda electrónica, fotografía y video digital, videollamada, navegación por Internet, GPS, y hasta Televisión digital. El ámbito virtual, posibilitado por las redes sociales abren las puertas al nuevo ágora, ese espacio de intercambio inmediato en el que uno está pero no está y del que resulta cada vez más imposible ausentarse.

Aunque el fenómeno de la telefonía móvil sea reciente y esté poco teorizada, la idea de que las emociones alteran el curso normal del funcionamiento del cuerpo se conoce desde la antigüedad. Sabemos que todo afecto implica una descarga vasomotora, es decir, que cada emoción es un movimiento vegetativo que proviene de una excitación nerviosa que se realiza de una manera típica, que nos permite diferenciar una emoción de otra. En el caso del estrés, que es la respuesta normal de un sujeto frente a un peligro, la reacción del organismo se caracteriza por modificaciones neuroendocrinas en las que están en juego el hipotálamo y la glándula hipófisis y las suprarrenales (centro de reactividad). Aunque el estrés es una respuesta natural y necesaria para la supervivencia, bajo determinadas circunstancias puede generar problemas graves de salud. Por un lado están todas las alteraciones fisiológicas, y por otro están las complicaciones de orden emocional.

¿Puede el teléfono móvil estresar a un sujeto? La paciente de la que hablaba, una vez advertida del peso del celular en su vida cotidiana, relata «Cuando suena el celular, yo no sé si se trata de algo urgente. Salgo corriendo a ver quién es, temo que le haya pasado algo a mi familia… Pero al final siempre son mensajes sin importancia«. En el caso de esta paciente, el celular sonaba a toda hora: mientras trabajaba, cuando comìa, cuando hacía la siesta.

Mi primera intervención, un tanto ingenua, fue proponerle a la paciente que el celular permaneciera siempre en silencio y que ella se dedicara de a ratos a contestar todos los mensajes y notificaciones acumuladas. Era de esperar que mi receta fuera rechazada terminantemente, aunque nadie podría condenar el intentar la solución obvia. No obstante, la paciente sí logró empezar a preguntarse si algo de la lógica de mi propuesta podría beneficiarla, a partir de transitar una de estas situaciones vulgarmente conocidas como «tocar fondo». En una de sus corridas a atender el teléfono, la paciente cayó por la escalera de su casa y tuvo que ser enyesada. Así fue como se le introdujo la pregunta acerca del uso y el abuso del celular y pudo empezar a trabajar sobre el síntoma. Eventualmente, el celular fue silenciado y el estrés cedió. La paciente de a poco llegó a la conclusión del perjuicio a su salud que le ocasionaba querer estar constante y virtualmente disponible y finalmente los síntomas físicos cedieron.  

Quisiera aclarar que esta no fue la única ocasión donde el teléfono móvil estuvo presente en una consulta y ante ciertas frases escuchadas reiteradamente, me permito las preguntas:

«Debo estar alerta por si ocurre una emergencia».

¿Qué es para usted una emergencia?

Ante la emergencia de un peligro real e inminente, ¿se le pide ayuda a la persona más próxima fìsicamente? ¿Alcanza con su presencia virtual?

«Debo responder inmediatamente para no preocupar a mis conocidos».

¿Por qué sus conocidos se preocuparían?

¿Se preocupan realmente, o usted teme que se preocupen?

¿Cuál cree usted que es el escenario que sus conocidos imaginan si usted no contesta inmediatamente?

«Mis familiares, amigos y conocidos se enojarán si no respondo rápidamente».

¿Por qué sus allegados reaccionan así? ¿Y usted qué hace al respecto?

¿Tienen sus conocidos la capacidad de esperar a una respuesta?

«Debo responder inmediatamente a mis clientes, o los perderé»

Sus clientes, ¿valoran su velocidad para atenderlos o su eficacia y eficiencia en su trabajo?

¿Es realmente importante que usted atienda a sus clientes a cualquier hora?

¿A su cliente le gusta que usted esté constantemente atendiendo el celular?
Finalmente, concluyo con esta pregunta: ¿Qué precio pagamos por la forma de vida que llevamo


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